
"Imagínense ustedes un caserón viejo, destartalado, lleno de telarañas. Esto era España antes de la República. Un caserón en el que apenas si quedaba vidrio entero ni teja sana, y cuyas vigas, carcomidas, se doblaban penosamente al peso de la techumbre. No había más remedio que iniciar cuanto antes una labor de restauración. Todo el mundo convino en ello, aun los más comodones y enemigos de reformas, y cuando un grupo determinado -tal vez fuera más exacto decir una sociedad- se ofreció a ejecutar las obras, se le abrió un amplio margen de crédito.
Ya conocen ustedes el resultado.[...]
Desde luego, no se puede negar que la República ha secularizado los cementerios y las escuelas, que le ha dado el voto a la mujer y que ha hecho la ley del divorcio; pero, volviendo a mi apólogo, para mí todo esto es como si en el viejo caserón se hubiesen puesto unos cuantos sillones de tubos o se hubiese instalado una iluminación indirecta de color violáceo, sin preocuparse de retejarlo o de sustituir los vidrios rotos. El problema no era ése, y no es que fuese precisamente un problema más complicado. Era, al contrario, muchísimo más sencillo...". El caserón viejo, Julio Camba
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